sábado, 22 de junio de 2013

Amaneceres

Cada mañana, cuando amanece, el viento trae tu olor a mi ventana. Te siento cerca, palpable y casi puedo sentir tu gusto en mi garganta. Cada mañana, recuerdo que soy afortunada de tenerte, de sentirme tuya en todo aspecto, de que mi corazón haga más que solo mover mi sangre sino que te ame como a nadie y lata más fuerte cuando, cada mañana, el viento traiga tu olor a mi ventana.



 La novia del mar


Se sentaba cada mañana su balcón. Era una casa de playa y su balcón daba al mar. Se sentaba y desde ahí, mirando las olas, pensaba "¿Cómo hay quien no te admire?" y seguía ensimismada, viendo el ir y venir de las olas.

En ocasiones, caída la noche, bajaba los pocos escalones que la separaban de la arena, tomaba sus zapatos, los dejaba en el penúltimo escalón y caminaba hasta que sus pies tocaban el agua, a veces fría, o a veces tibia y conversaba con el mar. Este, según la marea y sus olas le contaba historias que ella misma creaba en su cabeza, y los que pasaban, la oían llorar o reír, saltar de alegría o volver a su casa con la cabeza baja y arrastrando los pies.

Cada amanecer era la misma rutina, cada semana, cada mes y cada año tenía los mismos amaneceres. Un día, ya con muchos amaneceres acumulados, los cabellos encanecidos, fue a despedirse de su amado mar, pero cao sin fuerzas en la orilla y mar con una ola de blanca espuma, la abrazo, la beso y se la llevo con él.

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