La novia del mar
Se sentaba cada mañana su balcón. Era una casa de playa y su balcón daba al mar. Se sentaba y desde ahí, mirando las olas, pensaba "¿Cómo hay quien no te admire?" y seguía ensimismada, viendo el ir y venir de las olas.
En ocasiones, caída la noche, bajaba los pocos escalones que la separaban de la arena, tomaba sus zapatos, los dejaba en el penúltimo escalón y caminaba hasta que sus pies tocaban el agua, a veces fría, o a veces tibia y conversaba con el mar. Este, según la marea y sus olas le contaba historias que ella misma creaba en su cabeza, y los que pasaban, la oían llorar o reír, saltar de alegría o volver a su casa con la cabeza baja y arrastrando los pies.
Cada amanecer era la misma rutina, cada semana, cada mes y cada año tenía los mismos amaneceres. Un día, ya con muchos amaneceres acumulados, los cabellos encanecidos, fue a despedirse de su amado mar, pero cao sin fuerzas en la orilla y mar con una ola de blanca espuma, la abrazo, la beso y se la llevo con él.




