"Después de la risa viene el llanto."
Esa frase me acompañó casi toda mi infancia, sobre todo
cuando, después de toda una tarde de corretaje en medio de la calle, alguno de
mis amigos se caía y se raspaba una rodilla o se daba un golpe. Enseguida
brotaban los lagrimones y venia la concebida frase, sin faltar los regaños. A
mi particularmente no creo que me la hayan dicho mucho, era "una niña de
mi casa", y como estaba en una escuela que era en sí misma una ciudad, había
mucho donde correr, y ensuciarse sin que al profesor le importara mucho. En
dicha escuela y en esos corretajes y juegos fue donde me hice mis dos esguinces,
uno en la rodilla y otro en el cuello. Son mis "heridas de guerra",
al menos las más graves, pero recuerdo que hubo poco llanto en ambas ocasiones,
pero si sentí dolor y hubo días sin clases por lo mismo.
Ahora, ya de adulta, al ser uno más prudente en cuanto a
corretajes y juegos de mano se refiere, las heridas son otras, más difíciles de
curar, más profundas y por consecuencia dejan cicatrices que un poco de helado
y unos días sin clases no curan. Pero igual que cuando niños nos seguimos
aventurando, tomando caminos que enredan nuestros pies y caemos o con
situaciones que nos dejan más que el cuello torcido, y siempre las empezamos
riendo y con mucha fe que esta vez sí sea una gran aventura, de esas que dura
mucho y dejan sabor a helado en la boca y un calorcito de hogar en el corazón,
pero "después de la risa viene el llanto." Esta vez hay pocos regaños
y muchos o varios consejos, de tus seres queridos y te dicen que no pierdas la
fe, que te sacudas la ropa y la rodilla y vuelvas a ser la niña de Ciudad
Escolar Libertad sin importar que venga (esperemos que no) el llanto.
